Las “ostentóreas” y “obscenas” riquezas de la “Iglesia de los pobres” en Roma

        ¿Cuánto pagaría cualquier Fondo de Inversión,  uno chino por ejemplo, por la escultura en mármol de “La Piétá” que Michelangelo Buonarroti, Miguel Angel, esculpió en 1499 y que se expone en una capilla lateral de la Basílica de San Pedro en Roma?. Supongo que nadie se atrevería a poner una cifra sobre el papel. Su valor es sencillamente incalculable. ¿Cuánto valen los frescos que el mismo Michelangelo Buonarroti pintó en la bóveda de la Capilla Sixtina en los interiores de la Ciudad del vaticano?. Nos ocurriría otro tanto. Nadie se atrevería a ponerle precio. Pero para hacernos una idea, cabe decir que una empresa japonesa financió durante veinte años con decenas de millones de dólares la resturación de los frescos de la Capilla Sixtina. ¿A cambio de qué?. A cambio, “sólo” de algo tan etéreo como los “derechos de imagen” de los frescos en todo el mundo y para siempre. Y si por adquirir los derechos de imagenpagaron decenas de millones de dólares… ¿Qué hubieran pagado los japoneses por comprar la titularidad, la posesión, de toda la Capilla Sixtina?. ¿Cientos de millones?. ¿Miles de millones?… ¿Iglesia de los pobres?…

He estado unos días en Roma y Florencia y he visitado entre otros muchos lugares la Basílica de San Pedro y los Museos Vaticanos. Y la verdad es que a pesar de haber estado ya antes por allí, me volvió a ocurrir lo mismo que en otras ocasiones: se me encogió el corazón ante tanta grandiosidad, tanto lujo, tanto derroche de oro, piedras preciosas, mármoles, pinturas, frescos,  grandes cúpulas, enormes bóvedas decoradas como parte de las habitaciones privadas de los Papas, miles de esculturas romanas y griegas originales como para cargar decenas de trenes, tapices gigantescos con varios siglos de antigüedad, ¡hasta la bañera original de Nerón!, de 13 metros de circunferencia y 5 metros de diámetro elaborada con el preciosísimo “porfirio rojo“, un escasísimo mármol que los romanos extraían de sus canteras de Alejandría y que es más caro que las piedras preciosas. El “porfirio rojo” se paga hoy en el mercado a 120.000 euros…¡el kilo!. Sí… has leído bien… el kilo. Y sólo esta bañera pesa ¡5.000 kilos!. Es decir, que sólo al peso, el material de la bañera de Nerón vale para quien la quiera comprar ¡unos 600 millones de euros!… Decir que al parecer en el Vaticano se encuentra el 80% de todo el escasísimo “porfirio rojo” del mundo. Es decir, la exquisitez de todas las exquisiteces.

     Desde pequeño me habían inculcado la idílica idea de la “Iglesia de los pobres” al servicio de los necesitados, la heredera de Cristo, de Dios en la tierra, la casa de los desamparados, de todos nosotros. Y os puedo decir que cuando visito Roma y la Casa central de la Iglesia Católica, el Vaticano, no me siento en absoluto partícipe de todas esas barbaridades constructivas, sino todo lo contrario: el lujo, la opulencia y la “ostentoreosidad” que rodea la figura del representante de Cristo en la Tierra es apabullante y opresiva… llega hasta los límites de la obscenidad y el insulto a la inteligencia de quien los visita. Cuando recorres la nave central de la Basílica y te vas acercando al Crucero bajo la enorme cúpula de Miguel Angel, donde se levanta el Baldaquino de Bernini (¿Cuánto pagarían los americanos por trasladar a su país el Baldaquino de 60 toneladas de bronce esculpido que cubre la tumba del  Apóstol San Pedro bajo el altar Mayor?) y te imaginas los Concilios que allí se han celebrado, con cientos de  orondos obispos y cardenales cargados de joyones de oro y anillos gordos en los dedos… te entran todos los males. Por lo menos a mí: Sólo en Alhaurín de la Torre tenemos ya 5.000 parados. Decenas de millones de niños mueren de hambre cada año en el Mundo. Miles de millones de personas  agonizan en la puta miseria, mientras el representante de Cristo en la Tierra se rodea de “porfirio rojo” de a 120.000 euros el kilo… Lo que digo, obsceno, insultante y machacante.

      Cada vez que visito Roma se me clava una saeta el corazón encogido y se me escapa por la herida la poca Fé que me va quedando, si es que alguna vez la tuve. Cuando paseas por las calles, te cruzas con centenares de monjitas y curas de todos los colores: blancos, amarillos, negros, mayores, jóvenes… venidos de todos los rincones del globo. Y si en algo coinciden todos es en su vestimenta: hábitos impolutos, trajes como a medida. No te puedes llegar a imaginar que ese grupito de curitas negros pueda venir de Senegal o de Kenia. Por su aspecto bien podrían venir de Nueva York o de Londres de comprar en Armani sus chaquetas oscuras y sus carteras de piel. Todos van contentos, sonrientes, felices.  Ya pueden. Van a todas partes “a gastos pagos” que dicen en mi pueblo. ¿Quién paga todos sus viajes y qué coña hacen en Roma en lugar de ir por esas tierras de Dios a ayudar a las pordioseras gentes que la habitan y que son más pobres que las ratas?. Y se atreven a pedir limosna a los fieles… Obsceno, insultante y machacante.

      Les aconsejo a los lectores que no hayan visitado Roma, que cuando vayan allí se despojen de prejuicios y no se les ocurra pensar ni razonar: vayan sólo a disfrutar del arte, de la belleza de las obras que allí se exponen, de las piezas en todo tipo de materiales que han sobrevivido a los siglos para el goce de nuestros sentidos. Recorran las calles de la Ciudad Eterna embobados por sus monumentos y sus gentes. Aíslen al representante de Cristo en la Tierra de los joyones y el “porfirio rojo” y quédense, sé que es muy dicfícil de conseguir, con la persona. Un Ratzinguer sencillito que viva de una manera sencillita en una casa sencillita dando ejemplo de la pobreza que predicó Jesús por aquellas tierras palestinas hace dos mil años. Lo demás es parafernalia terrenal destinada a acongojarte y hacerte empequeñecer ante el Poder de la Iglesia. Porque en cuanto te sientas pequeñito bajo la bóveda o bajo la cúpula de un edifico eclesiástico… ¡ya has caído en sus garras!.

      Cuando visité el Museo vaticano, dejé de sufrir en cuanto crecí mentalmente hasta sobreponerme al pernicioso acochinamiento personal que me estaban produciendo con semejante “ostentoreosidad”. Y cuando los niños sucios llenos de mocos y tripa gorda desaparecieron de mi mente, cuando los extrarradios de las ciudades dejados de la mano de Dios fueron convenientemente cubiertos por los tapices medievales vaticanos, cuando los cinco millones de parados españoles y la crisis galopante se dulcificaron con la melodiosa y explicativa voz del guía, y cuando todos los males del mundo mundial se diluyeron en lo más alto de la cúpula de la Basílica de San Pedro… comencé a respirar aire puro y a disfrutar del viaje y de lo que tenía por delante. Embriagado, anestesiado, en flotación mental, disfruté de unos días maravillosos en estupenda compañía. Y no tuvimos, se lo aseguro, ni mijita de mal cuerpo. Desaparecidos los niños mocosos de tripa gorda y demás parafernalia de pobreza y podredumbre, aquello era una auténtica orgía de belleza y felicidad. Dicen quienes me conocen que en todas las fotos salgo sonriente como nunca.  Y puede ser. Tengo reflejada en la cara la felicidad del ignorante. He estado mentalmente en otros mundos. En “los mundos de Yupi”, allá donde los Papas calzan calcetines rosas. Allá donde los representantes de Cristo en la tierra, en la “Iglesia de los pobres“, levitan sobre el suelo sujetos con cadenones de oro puro a la bañera de “porfirio rojo” de Nerón. Ésta de 600 millones al peso…

Juan Carlos Sanz de Ayala

Publicado por a las 1:38 am