Nuestro San Sebastián como señuelo

Si San Sebastián levantara la cabeza, preferiría seguramente pasar de nuevo por el martirio de las flechas, antes que sentirse como se sentirá sacudido por los comentaristas del periódico amigo, que no se sabe qué es más pernicioso y torturador, si una docena de flechas perforantes ó dos docenas de incisivos anónimos, sinónimos y antónimos. Si San Sebastián levantara la cabeza, lo primero que haría sería quitarse las molestas saetas con que le pintan en los cuadros -que tienen que doler pero que una barbaridad- y lo segundo, quitarse esa cara de mariquita mirando al cielo con ojos de cordero degollado con que le plasman los imagineros. Que hay que ver los caretos de nuestros santos, que pasamos de rudos barbudos espanta niños a flácidos gelatinosos que dan pena. Y nuestro San Sebastián es de estos últimos.
Tras haberse quitado las flechas de encima y haber endurecido el rostro, nuestro San Sebastián agarraría de las orejas, en su defecto de la barba, al gerente estrella de la Fundación, don Luís Bravo Sanz, y le daría, con el permiso preceptivo de la autoridad competente, tres estirones y cuatro pescozones aunque se mereciere unos cuantos más. “¡Pobre gerente -se lamentarán algunos de mis lectores- si es la bondad personificada!. ¿Por qué la va a tomar con su insignificante persona nuestro bien amado saeteado?”. Pues bien, me explico, que para eso nos dio Dios (el verdadero, no nuestro bien amado Joaquín) la inteligencia inteligente: Los pescozones se los llevaría don Bravo por utilizar a nuestro saeteado como señuelo para desviar los misiles que los comunistas lanzan hacia don Villanova. Don Bravo es un experto en quiebros, requiebros y maniobras de rotura, con un arsenal de señuelos, chaff, bengalas y remolcadores-radar. Eso sin hablar de las cortinas de humo de colores y sabores que esparce en cuanto ve el más mínimo signo de polémica en torno a Jefe. Y cuando todo le falla ó se siente un poco acorralado, ahora que no se puede meter con su recurrente Mercedes Avila… echa mano de San Sebastián quien, acostumbrado a las hostias flecheadas de los infieles, las tonterías del super-gerente más bien pareciérenle besitos en el pompis…
Y mientras los sesudos y menos sesudos comentaristas de este santo pueblo debatimos entre si los perros de nuestro santo son galgos o podencos, el verdadero enemigo se nos ha escapado entre los dedos. Don Bravo ha ganado de nuevo. Porque desgraciadamente, en este pueblo somos muchos los que cuando el gerente señala con el dedo hacia el infinito, miramos embobados hacia el dedo… ¡y nos perdemos el infinito!. Que es exactamente lo que pretende el gerente estrella.
Yo soy de los que piensan que todo lo que se le pague a don Bravo es poco para lo que hace. Durante lustros ha parado las flechas dirigidas hacia su superior, ha ejercido de lacayo declarado y confeso sin ningún remordimiento ni pudor, ha retorcido la verdad verdadera hasta hacerla irreconocible la miraras por donde la miraras pero sin perder su esencia, y ha llevado a buen puerto cualquier meta que le propusieren siempre encaminada a la perpetuación en el Poder de su clan, bien enquistado en el Partido Popular de Alhaurín de la Torre. Mucho tomate para tan poco pago.
Por otra parte, señores, el pueblo es soberano y encumbra a quien le place en cada momento. Es la esencia de la Democracia. Y si el pueblo de Alhaurín está a gusto con este alcalde, y se traga sin rechistar las distorsionadas verdades del super-gerente mirándole al dedo cuando señala al infinito… ¿Qué podemos hacer los demás?. Retirarnos a nuestras habitaciones particulares a disfrutar de la vida, supongo. Y en ello estamos.
Publicado por a las 8:03 am